domingo, 15 de marzo de 2009

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EL AGUDO: LUIS MACHIN

"Yo no actúo para agradar"


Pescar en la ciudad es pescar adentro, bajo techo. Una forma de recluirse. Quizás de eso trate La pesca, la obra de Ricardo Bartís que podés psicoanalizar desde la clausura, el encierro, la soledad. Algo así como un country porque, con más o menos de elegancia, todos aspiramos a nuestro barrio privado.

"Psee, es una interpretación posible. El teatro es un objeto vivo", le dice Luis Machín a un interlocutor imaginario que debe estar sentado en otra silla (por alguna razón, su mirada se desplaza unos 40 grados a la derecha, entre la mesa de los dos turistas y la pared de color). "Antes había más tiempo para perder y tal vez de eso también se hable en la obra". La carambola consiste en tirar palabras contra la ventana del bar para que reboten y peguen en el tímpano del periodista. "Se pueden hacer muchas interpretaciones de la obra. El charco donde se pesca ayuda a contar algo que ya no está y sirve para mitologizar sobre temas que tienen que ver con la política, la soledad, el peronismo".

En el escenario hay un charquito y tres hombres con una cañas. En un momento parece que la tararira titán se escapa por Nicasio Oroño y dobla por Juan B. Justo. La tararira dobla. Pesca surrealista. Una genialidad.

¿En qué momento la soledad se convierte en un bien infinito?

Siempre nos morimos solos. Es una frase que me gusta porque es verdaderamente horrible. Es un paso que debemos dar solos. La soledad no es buena compañera. Yo empecé a convivir en pareja hace tres años y tengo un hijo de cinco meses. A los 40 me siento más joven que a los 30. Bioy Casares decía que todos somos héroes porque tenemos que pasar por la muerte. Yo viví algo de esto con una de mis abuelas. Cuando los médicos presintieron que iba a morir la pasaron a un cuartito y le pusieron un biombo... (se hace un silencio largo). Yo crecí con una suerte de temor al biombo (sic). Hasta que fui padre era muy fóbico, muy solitario.

Fobia a los biombos. ¿Tenés más?

La de los biombos se podría evitar si en vez de cortinas de baño pusiera una mampara de vidrio. Y transparente (sonríe). Voy a tener que revisar ese aspecto de mi personalidad. Pero te hablaba de la soledad en medio de una actividad como la mía, que te obliga a automirarte. Siempre estás haciendo de otro. Un trabajo muy ombliguista el del actor.

Si el ser humano en general necesita reconocimiento, los actores parecen estar hechos exclusivamente para eso. ¿Cómo cicatrizás la herida narcisista de salir de un "Montecristo", mil puntos de rating, para pasar a un teatro con 100 personas?

Yo no actúo para la gente ni para agradar. Elijo los personajes que a mi me gustan y ni siquiera pienso en lo que la gente quiere ver de mí. Ni siquiera yo, Luis Machín, me comporto como a la gente le gustaría. La gente piensa que los actores están en un circo, que ganan mucha plata, que tenemos fiestas todos los días. Falso. Que tenemos prerrogativas. Falso. Y yo sé —hola, Luis, estamos acá— qué es lo que quieren de mí los productores: yo soy el actor que puede hacer muy bien de malo. Sobre todo pasa en la tele, donde se palpita la industria.

Lo interesante de tu experiencia en el off es que el 99,9 % de los que te vieron en Montecristo no te van a ver en "La pesca"

No me preocupa. No soy famoso ni lo quiero ser, ni lo quiero ser —¡canta!—. Cuando estoy actuando sólo pienso en eso.

¿Y el resto del día?

También. Me preocupé por ser inservible para cualquier otra cosa.

¿Pero te gustaría que te paren en el súper y te digan: "Luis, capo, ¡qué grosso lo de La pesca".

Infinitamente menos, pero pasa. Creeme. Aunque si me lo preguntas, no sé qué gente viene a ver nuestra obra.

Es apta para todo público?

Si, claro.

El sábado la vi a Claribel Medina.

Apta para todo público. Nos dejó saludos, que le gustó mucho...

¿Esto sería correcto? Vos trabajás con Bartís y con Griselda Gambaro, pero un día querés comprar el auto y hacés la publicidad de la tapa a rosca (célebre aviso de una cerveza).

A ver. Cuando vine de Rosario a Buenos Aires supe que si iba a querer mantenerme tenía que pasar por la publicidad. Pero lo que me movió fue estudiar teatro y conocer cómo era la tele. Yo veía a un actor y decía. "Eso lo puedo hacer yo". Me movilizó la curiosidad. El aviso de la tapa a rosca fue después de participar en Campeones, y yo actuaba desde los 16 años. Fue después de Vulnerables. La gente cree que Hugo Arana empezó con la publicidad de los escarpines y a esa altura ya era un pedazo de actor.

¿"Montecristo" sirvió para que varios millones de habitantes supieran que Abuelas de Plaza de Mayo no era un club de jubilados con sede en el centro?

Masivamente, lamentable. Mucha gente se enteró de las Abuelas a partir de la novela. Triste. País negador. Estamos condenados. ¡¿Cómo puede ser que una telenovela haga que cientos de miles de personas se enteren de lo que nos pasó?!

Tratando de ser justos con nuestro patrón cultural, ¿qué herramientas del teatro llevas a la tele?

Nada es tan conciente. No soy un teórico de la actuación porque la actuación es práctica pura. Mi instrumento vibra. Yo siento que soy fricción. No debo teorizar.

Briski dice que siete años seguidos de tele acaban con un actor.

Tiene razón.

¿Es posible suponer que en la búsqueda del prestigio, mucho trabajadores del escenario, no digo actores, hagan el sacrificio teatral para engrosar sus currículums?

Y se nota. No hay que tener una percepción fina. Son muy obvios. Algunos creen que hacer un curso con Bartís los desidiotiza y no, la idiotez no desaparece. Pasar por estos maestros no les garantiza dejar de ser unos chorritos.

¿Podemos incluir en ese colectivo a los actores que hacen un poco de solidaridad el día en que hay una cámara de televisión?

La gente no es tan estúpida como muchos creen. La gente se da cuenta... Bah —a los ojos por primera vez— ¿se da cuenta? -

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